RELATOS DE UN ¿LOCO CHIFALDO? - IMPULSO

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Relatos de un ¿loco chiflado?

Impulso

Era buena hora para estar tranquilo en el tren leyendo un buen libro. Poca gente, buena temperatura, nada de música ambiental. Era uno de esos días que uno se siente cómodo e incluso feliz en el trayecto que está acostumbrado a hacer cada jornada. Acababa de subir en el primer vagón y me puse mis cascos, como siempre hago. For the love of god del genial Steve Vai empezó a deleitar mis oídos. Abrí el libro por el punto de lectura y empecé a leer. Leer y escuchar buena música es un placer que muchos sabemos apreciar.

El trayecto no tenía nada de diferente al de otros días. El vagón se llenaba de pasajeros como era de costumbre. Nada que destacar menos en la segunda parada. En un principio tampoco no había sucedido nada que me tuviera que llamar especialmente la atención. Pero sucedió. Empecé a escuchar una música de fondo que me sacó de mi mundo. Escuchaba por debajo de mis cascos el murmullo de una música marchosa y desagradable. Levanté la vista y lo vi. Había un chico de unos veinte y algo de años disfrutando de su música a todo volumen, compartiéndola con el resto de pasajeros como si ellos lo hubieran suplicado. De su móvil surgía ese estruendo que rompía toda la tranquilidad posible. Nadie dijo nada, ni mucho menos hizo nada. Era como aceptar que ese energúmeno tenía todo el derecho del mundo para entrar en el vagón que todos compartíamos y obligar a escuchar su música a todos los presentes. Era como aceptar que no estábamos ahí y que ese vagón era suyo por derecho propio.

Mis ojos se clavaron en él, que encima tenía la poca vergüenza de ir golpeando rítmicamente el suelo siguiendo ese frenético sonido. Parecía orgulloso de su ridículo espectáculo, cada segundo que pasaba más alto golpeaba y más se hacía notar. Le gustaba el hecho de sentirse el amo del vagón y el hecho de que nadie se atreviera a ni siquiera mirarlo, parecía que le agradase. Era una situación embarazosa para la mayoría de los presentes. Pero una cosa tuve clara en esos momentos; un servidor no iba a aguantar a ese inquisidor, perturbador de espacios, espacios públicos.

Me levanté y caminé hacia el personaje que tanto me había molestado. Tenía el pie encima del asiento de delante. Le miré explicándole que mi intención era sentarme en dicho asiento. Su cara fue de – joder macho ahora este capullo se quiere sentar aquí con lo de puta madre que estoy – y apartó el pie. Me senté sin dejarle de mirar la cara. Cogí mi móvil y desenchufé los cascos. La música empezó a mezclarse con el sonido que tanto envalentonaba al susodicho. Se quedó unos segundos algo pasmado, no entendía lo que sucedía. Sonaba con fuerza el Surfing with the Alien del maestro Joe Satriani. En un primer momento me alegré de su perplejidad. ¿Quizás está alucinando con el tema? ¿Es la primera vez que escucha buena música? Pero no. A los pocos segundos apagó el móvil y me dijo con cara de asco.

   -   Pero que haces capullo.

A lo que no quise responder en un primer momento, no era cuestión de entrar al trapo. Volví a poner los cascos en su sitió con lo que la tranquilidad pareció regresar. Después de algunos segundos dije tranquilamente y con la voz de un padre a un hijo cuando le comunica algo que le va a servir para el resto de su vida.

    -   No te das cuenta que si todo el mundo que hay aquí hiciera lo mismo que tú esto sería una locura.

    -   Que te jodan imbécil. ¿Qué quieres que te de una ostia? – me respondió mi hijo circunstancial – déjame en paz si no quieres irte a casa calentito subnormal, que lo que eres es un subnormal – riendo y mirando a su alrededor algo histérico esperando encontrar algo que nunca encontró. Volvió a desconectar mis cascos con lo que los acordes de Joe regresaron.

    -   Te dejaré en paz cuando apagues la música – podría haber dicho muchas cosas menos música pero no era cuestión de ser grosero, ya estaba él para serlo.

    -   Pero que es lo que quieres gilipollas, me estás empezando a tocar los huevos de verdad eh – acercando la cara y frunciendo el entrecejo de forma amenazadora.

   -  Sólo quiero que apagues la música y dejes viajar tranquilamente al resto de los pasajeros. No tenemos porque oír la música que tú quieras. Si todos hiciéramos lo mismo…

Se levantó y se encaró. Quizás esperaba intimidarme pero ni me inmuté. Estoy acostumbrado a estas situaciones. Estoy más que acostumbrado a tratar con gallitos de los que sólo hacen que piar, de perros que sólo hacen que ladrar. Los que no atacan nunca. Los que no ladran son a los que temo, esos son los que dan miedo de verdad y no los que babean y ladran alocados.

Al ver mi frialdad se quedó algo perplejo. No esperaba esa reacción. Sin inmutarme volví a decirle con voz tranquila.

  -  Creo que lo mejor que puedes hacer es apagar esa música y no molestar a los demás. Si fueras tan amable de ponerte los cascos todos te lo agradeceríamos.

Dudo algunos instantes.

  -  Estás chiflado tío – dijo soltando una risita nerviosa – Está bien, tú ganas tío. Olvídalo ¿ok? Pasa de mí y yo paso de ti, ¿de acuerdo? – Y se dejó caer de nuevo en el asiento.

Levantó la vista y me enseño como conectaba los casco en su móvil con gesto molesto. Se puso a mirar por la ventana dejándome de lado. Alargué el brazo y le toqué el hombro con el índice de la mano como los nudillos que llaman a una puerta. Me miró perplejo unos instantes y se sacó el casco de la oreja izquierda.

  -  ¿Queeeé? – preguntó con su cara de asco característica.

  -  Creo que deberías disculparte con el resto del vagón.

  -  ¿Estás de coña no tío? – preguntó no muy convencido torciendo la boca.

  -  Para nada – respondí con una leve sonrisa educada.

Se levantó desganado, sus ojos mostraban cierto miedo hacia mi.

  -  Lo siento – vociferó dejando los ojos en blanco mostrando su descontento. Se dejó caer de nuevo en el asiento.

Por mi parte todo había acabado y creo que por la suya también. Pero algo sucedió a continuación. Los pasajeros observaron en todo momento la conversación. Algunos perplejos otros indiferentes. Yo caminaba hacia mi anterior asiento cuando una buena mujer, que se sentaba cerca de la zona de la conversación, se dirigió al chico educadamente respondiendo a sus forzadas disculpas.

  -  No pasa nada, pero tenéis que entender que no podéis comportaros como si estuvierais solos. En…

  -  Chúpamela vieja de mierda.

No me dio tiempo de escuchar más. Recuerdo como uno de mis nudillos de la mano derecha impactaba en la cara del energúmeno. Noté la nariz romperse tras el golpe. Recuerdo sus manos intentando agarrar toda la sangre que perdía, intentando hablar. La sangre que tenía dentro de la boca no le dejaba articular palabra con sentido. En el vagón se hizo el silencio. Lo agarré por el brazo antes de que se cayera desmallado.

  -  No se preocupen, lo llevaré ahora al hospital. Nos bajamos en la próxima parada – dije con el mismo tono tranquilo de siempre.

La parada pertenecía a uno de los pueblos cercanos a Barcelona. Una estación con dos vías muertas llenas de malezas y materiales ferroviarios a la espera de su uso. Una sola vía funcional. Con nosotros se bajaron unos seis pasajeros más. Todos nos dirigimos al aparcamiento de la estación. Apoyé al pobre desgraciado en un poste de la luz para que cogiera fuerzas mientras yo me encendía un cigarrillo. Esperé que todos arrancaran sus coches y se fueran a sus destinos, él me miraba desconcertado.

  -  Laz cagado zio – balbuceó. Tragó saliva con sangre – te voy a denunciar en cuanto lleguemoz al hozpital.

Hice una calada a mi cigarrillo. Exhalé el humo. Su respiración era entrecortada.

  -  No habrá hospital.

Creo que lo entendió. Su cara al menos lo reflejó. Le agarré el brazo por el hombro y lo arrastré hacía las vías muertas. Se intentaba resistir pero no podía. Lo arrastré hasta unas vigas ocultas entre la maleza y lo recosté en el suelo. Estaba paralizado por el terror, me miraba con cara de auténtico pánico. Tenía una mezcla de sangre seca y fresca en el labio superior. Cogí mi maletín y saqué las tenazas que siempre llevo conmigo. Cuando las vio ya las tenía dentro de su boca. Intentó de nuevo resistirse pero era más fuerte que él. Le corté la lengua. No me costó.

Volví a casa escuchando The Extremist de Satriani con la certeza de haber hecho lo correcto y sabiendo que él nunca podría decir quien se lo había hecho.

dirty

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