CRÍTICA SITGES 2018: Apostole

Cualquiera que conozca a Gareth Evans y sus películas, en particular las películas de la saga The Raid, lo primero que pensará será en los brutales enfrentamientos marciales de estos thrillers, y puede esperar de Apostole la película que no es. Este film se puede definir como un oscuro thriller que se desarrolla en una isla llena de personas perturbadoras en 1902. Esta cinta intercambia la intensidad del combate cuerpo a cuerpo con la absurda mezcla de sangre, espionaje, traumas familiares y conceptos paranormales. Un metraje de más de dos horas en la que Evans intentará crear una película atractiva e interesante, sin llegar a conseguirlo.

Al inicio, Apostole prepara el escenario para una audaz misión de rescate. Thomas Richardson (Dan Stevens), el hijo separado de una familia británica adinerada, es reclutado para recuperar a su hermana secuestrada Andrea (Lucy Boynton) de una isla remota, donde está retenida por una secta que practica un culto enigmático.

Thomas, quien aparece en las primeras escenas como alguien que tiene serios problemas de adicción, limpia rápidamente su imagen y se inserta, quizás con demasiada facilidad, en su nuevo rol dentro de la secta. De este modo, se encuentra inmerso en una peligrosa comunidad pseudoreligiosa supervisada por el profeta Malcolm (Michael Sheen), el cual dirige a su comunidad con un estricto conjunto de reglas. Mientras un grupo de hombres armados mantiene la seguridad de la isla, el pueblo vive tranquilamente de la tierra, y Thomas empieza a buscar pistas sobre el paradero de su hermana.

Evans se pasa la primera hora de metraje creando una atmosfera lúgubre, extraña y extremadamente lenta, insinuando y dejando pistas sobre cuentos mágicos de hadas que entran de forma abrupta en la segunda mitad de la cinta. Una cinta con muchos saltos, y relatos paralelos que no acaban de encajar del todo bien. Intenta no aburrir, pero no lo consigue, intenta aterrorizar y se queda a medias, intenta interesar y consigue todo lo contrario. En resumen, el que mucho abarca poco aprieta, y es precisamente lo que le pasa a este título, quiere meter tantas cosas en la historia que al final no acaba resolviendo ninguna de ellas de forma convincente.